Sembrar conocimiento, cosechar soberanía 

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Educación agropecuaria, acuícola y alimentaria para la seguridad nacional y la economía solidaria en México. 

Autor: Luis Eugenio Parés Sevilla.

Junio 2025

Sembrar conocimiento, cosechar soberanía: El vacío educativo del campo mexicano

Fuente: Estimaciones generales sobre planes de estudio y entrevistas con docentes rurales. 

En México, la tierra es fértil, el mar es generoso y la gente sabe trabajar. Pero hay algo que falta: conocimiento práctico, aplicado y accesible. El país necesita producir más y mejor, necesita aprovechar su potencial agroalimentario. Sin embargo, el sistema educativo agropecuario, acuícola y alimentario está estancado, centrado en lo teórico y alejado de la realidad del territorio.

Si no reformamos la forma en que educamos a quienes alimentan al país, nunca lograremos la soberanía alimentaria. Y sin soberanía alimentaria, la seguridad nacional y el desarrollo sustentable son una ilusión.

Un sistema que no produce técnicos para producir alimentos.

En muchas escuelas agropecuarias los alumnos estudian con libros de hace dos décadas. Salen con un título que dice “técnico en producción agrícola” pero nunca han cultivado una hectárea con riego tecnificado. Tampoco han manejado una cooperativa ni vendido en un mercado campesino.

La formación es vertical, memorística y orientada a la gran empresa, no al pequeño productor. Se privilegian contenidos irrelevantes sobre habilidades prácticas. No se enseña a construir invernaderos, ni a cosechar agua, ni a comercializar sin intermediarios.

El resultado es un ejército de egresados con conocimiento abstracto, sin herramientas para transformar la realidad.

Lo que se necesita no son más títulos, sino habilidades.

En las comunidades, los jóvenes no piden una licenciatura de cinco años. Piden aprender rápido cómo producir hortalizas, cómo manejar peces, cómo agregar valor a su leche o su miel. Quieren producir y vender, pero necesitan saber cómo.

La solución no es más burocracia académica, es educación flexible, práctica y enfocada en el trabajo real. Certificaciones modulares, programas cortos, aprendizaje entre pares, experiencias en campo.

Una escuela que se parezca más a una milpa que a un salón.

Desconexión con la economía social.

Otro gran vacío es la ausencia del enfoque solidario. No se enseña a trabajar en colectivo, a organizarse, a crear cooperativas o defender derechos. No se habla de comercio justo ni de agroecología. El modelo educativo sigue atrapado en la lógica del agronegocio.

Pero México no necesita más empresarios individuales que se endeuden. Necesita comunidades organizadas que se fortalezcan con conocimiento útil. Necesita saber cómo producir sin destruir, cómo vender sin ser explotado, cómo organizarse sin depender.

El impacto del abandono educativo.

Este abandono tiene consecuencias directas:

  • Desempleo juvenil rural: miles de jóvenes abandonan el campo por no encontrar oportunidades para aprender y progresar ahí y emigran.
  • Baja productividad: sin conocimiento técnico, la tierra no produce lo que puede dar.
  • Dependencia alimentaria: seguimos importando lo que podríamos producir si tuviéramos manos capacitadas.
  • Vulnerabilidad nacional: sin soberanía alimentaria, cualquier crisis internacional puede poner en jaque a millones.

Formar para transformar.

Cambiar esto requiere un giro de 180 grados. Las escuelas deben estar al servicio del territorio. Deben formar técnicos que produzcan alimentos, que los transformen, que los vendan con justicia. Que sepan sembrar, cosechar, conservar y asociarse.

Se deben crear centros regionales de formación técnica rápida. Con programas intensivos en agroecología, piscicultura, transformación alimentaria, agroindustria rural. Que capaciten a mujeres y hombres, jóvenes y campesinos en lo que realmente se requiere y necesita.

La educación agroalimentaria debe alinearse con la economía social y solidaria. Incluir módulos de cooperativismo, derechos laborales, comercialización directa, agroindustria de pequeña escala.

Y sobre todo, debe vincularse con políticas públicas: compras gubernamentales, créditos productivos, subsidios técnicos.

Sin una educación dirigida y útil, no hay soberanía.

La soberanía alimentaria empieza con la educación. Con una formación que transforme al joven en técnico, al campesino en productor autogestivo, al pescador en microempresario cooperativo.

México tiene los recursos, tiene la gente. Lo que falta es un sistema educativo que enseñe lo que importa, donde importa y a quien lo necesita.

Porque sin conocimiento, no hay producción. Sin producción, no hay alimento. Y sin alimento, no hay país.

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